El prejuicio es el proceso por el cual se recibe y se interpreta información sobre otras personas. Dado que las primeras impresiones sobre las demás personas se producen de forma automática, el proceso del prejuicio pasa casi desapercibido para nuestra mente consciente. La experiencia pasada, las necesidades y deseos, y las suposiciones sobre el contexto en el que encontramos a una nueva persona influyen en gran medida en la información a la que se presta atención y en cómo se interpreta.
El prejuicio es una habilidad inmensamente útil que nos ayuda a clasificar a las personas que vamos conociendo. En ocasiones es muy preciso. Sin embargo, muy amenudo ocurre que la primera impresión de una nueva persona podría tener más ilusión de lo que nos imaginamos. Con poca información se deducen muchas cosas y se realiza una valoración instantánea. Esa valoración influye en la manera en que escuchamos y respondemos.
La parte positiva de los estereotipos es que ayudan a evitar la sobrecarga cognitiva porque permiten agrupar los estímulos en categorías manejables. Los estereotipos comienzan a ser peligrosos cuando se atribuyen rasgos negativos o inferiores a un grupo sobre una base biológica o estnocéntrica. El racismo, el sexismo y la discriminación de las personas mayores son por ejemplo productos negativos de los estereotipos, que resultan más peligroso cuando no hay cabida para nueva información.

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