A lo largo de la última década, las culturas asiáticas lograron una visibilidad indiscutible como consecuencia del reordenamiento internacional. Este contexto cada vez más interconectado nos enfrenta al desafío de estudiar los aspectos que caracterizan la reconfiguración de territorios físicos, políticos y culturales (Baumann, 1999; Jameson, 1999).El término "globalización" remite al proceso de homogeneización de modelos , usos y prácticas; en definitiva hace referencia a una condición que se presenta tan "universal" como irreversible. Sin embargo, estas profundas transformaciones ofrecen una acentuación de los particularismos, una tendencia creciente a la diferenciación que se manifiesta en la emergencia de nuevas identidades políticas, multiculturales, étnicas, religiosas, sexuales, nuevas formas de ciudadanía y umbrales cambiantes de lo público y privado.
El mundo globalizado halla en el llamado "multiculturalismo" su forma ideológica ideal, en la medida en que la misma habilita la emergencia de estos "nuevos sujetos" que definen sus formas de vida a partir de anclajes identitarios heterogéneos (Laclau, 1996). En este marco, indagaremos el concepto de "identidad" desde la perspectiva que la define como construcción posicional y narrativa.
Partiendo de esta definición, la fluctuación identitaria no responde sólo a clivajes socioeconómicos, sino que asume un carácter amplio que se expresa como diversidad de narrativas. Las nuevas identidades se definen en pugna con los sentidos establecidos en el discurso social y es así como el proceso de construcción de subjetividades se desarrolla en un terreno de tensión y conflicto (Bourdieu, 1988; Ricoeur, 1991; Whete, 1992).
El proceso de construcción de la identidad femenina en el Este de Asia es interpretado como parte de un proceso de transformación sociocultural más amplio, privilegiando las relaciones entre identidad y género. Entendemos por "genero" las experiencias diferenciales, necesidades, oportunidades, limitaciones, derechos y obligaciones a las que se enfrentan tanto hombres como mujeres debido a los roles que les son socialmente asignados, y que se asumen y aceptan como presuntamente naturales (Braidotti, 2000).
La identidad femenina, construida en base a los preceptos filosófico-ideológicos del confucianismo (Youlan, 1989), se va desarticulando con el avance de la modernización y la progresiva occidentalización, dando paso a la emergencia de nuevas subjetividades (Mera, 2004). En resumen, las relaciones intersubjetivas que se vislumbran en el seno de la organización familiar y refieren a la construcción de la identidad femenina se abordará desde una perspectiva múltiple que se inscribe en un modo particular de mirar, estudiar, analizar e interpretar las formas diversas de la interacción humana (Arfuch, 1995; Geerts, 1994).


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